El Poder de un Iturri Jon Uriarte

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 El poder de un iturri

 Iturris dedicados al Athletic.

  • El tapón de una botella y la mente de un profesor pueden recorrer un camino que jamás podríamos imaginar

«Hola Jon, soy Joseba González Porras, profesor de Educación Física de la Ikastola Alkartu de Barakaldo. Llevo 5 años con el proyecto de recuperación de la memoria lúdica de mi comunidad educativa. He leído tu artículo, 'Cuando los iturris dominaban el mundo', y...». Así comenzaba un e-mail que me rebotaban desde la redacción de EL CORREO, el lunes 13 de Febrero de 2012. Y desde aquel día nos hemos cruzado infinidad de correos, mensajes y llamadas. Aquellas chapas, que en Bilbao y Bizkaia adquirieron el nombre de 'iturri' en honor a la mítica gaseosa, fue la antesala de otros juegos del ayer que, gracias a Joseba y los suyos, empiezan a regresar. Al menos en cierto rincón de Barakaldo. Su historia nos confirma la máxima que siempre he mantenido de que hay profesores, docentes...y luego están los maestros. Hombres y mujeres para quienes la asignatura más importante está en formar. Y en este caso la clave puede estar en los juegos. ¿Sabían que hay unos 'juegos olímpicos tradicionales' en nuestra tierra? ¿Y que llevan celebrándose desde hace años? Si siguen leyendo lo entenderán.



«La 'Iturri bira' es parte de un proyecto llamado Aintzinako Ume jolas, lo que viene a ser los juegos infantiles de antaño». Joseba arranca su explicación mientras nos confesamos sobre preferencias a la hora de rellenar los iturris. Y entre si era mejor ponerles foto y cristal o rellenarlos de cera, cuenta que el primer objeto que pobló los patios de su Ikastola no fue un iturri, sino una goitibera. Y que a ella le siguieron, peonzas, zancos, hinques... Algunos juegos que hoy en día no son políticamente correctos, por aquello de confundir seguridad con tontería. El caso es que, visto el panorama, en este centro decidieron hacer algo al respecto. Y basaron su proyecto en cuatro pilares: el espacio, las relaciones, el tiempo y los materiales.
Para entenderlo rápido, el espacio se refiere a ese jugar en el que el niño jugaba y que ya no existe: la calle. Cierto que sigue ahí, pero ya no es lugar de estancia, sino de paso. Hace mucho que perdimos las aceras. Primero culpamos a la tele, después a las 'máquinitas' y ahora a internet. Pero en el fondo la culpa es nuestra. Como me suele decir cierto amigo: «Ahora nos molesta todo. La lluvia en invierno y el sol en verano». Y así nos va. Porque la calle también es convivencia. Lo que nos lleva al siguiente punto: las relaciones. Ya nadie conoce a nadie.
Hace unos días charlaba con Pedro García Aguado. El mítico jugador de waterpolo, que tocó fondo y que hoy, tras su participación en el programa 'Hermano Mayor', saca libros junto al profesor Francisco Castaño sobre los problemas en el comportamiento y la educación. Y me contaba el caso de unos padres cuyo hijo estaba todo el día encerrado en su habitación, hasta el punto de que le dejaban la bandeja de la comida en su puerta y le mandaban un whatsapp con mensajes tipo «hoy hay pescado, ten cuidado con las espinas». Obviamente hablamos de un caso extremo y digno de diván de psiquiatra. Pero no se puede negar que la comunicación entre ambas generaciones está lejos de parecerse a lo que imaginábamos en su día. No hemos mejorado. Por contra, en muchos casos, hemos empeorado. Y curiosamente el juego tradicional puede servir para reconducir esta situación. Lo están demostrando Joseba y los suyos.


Niñas en el recreo cambiando cromos y realizando actividades con juegos tradicionales.
Niñas en clase de Educación Físisca fabricando los "iturriss"/ E.C.
«No sabes lo que es ver al niño admirado de que su madre sea capaz de hacer virguerías con una peonza o que su padre sea un fenómeno con los iturris y las canicas». Cuando lo cuenta añade otro dato muy importante. «Aquel sexismo que existía los años en que estos juegos tradicionales mandaban, ahora son el lugar perfecto para alcanzar la igualdad entre géneros». Porque el iturri no tiene sexo. Ni la canica. Ni el hinque. Al menos, cuando se convierte en juguete. De ahí que ver compartir los juegos a niños y niñas sea cuestión de tiempo. Lo que nos lleva al tercer pilar.
Ya no hay tiempo para perder el tiempo. Que se lo pregunten a quienes cada tarde y muchas noches ayudan a hacer los deberes, entre una actividad y otra. Porque quien no está apuntado a una cosa lo está en otra. Y en este caso que hoy les traigo, hay profesores que buscan soluciones: «En nuestro caso, hemos transformado los patios, con los juegos de suelo y con su utilización, de manera que en Alkartu ocupan el 80% del espacio disponible. Y además son niños y niñas de edades diferentes». Esa es otra. Con tanta generación entremezclada no es extraño que cada una esté habituada a un material diferente. Y el niño y la niña van conociendo y aprendiendo a través del juego. Como si al golpear el iturri la historia del material con el que está hecho le susurrara su vida. «Vamos explicando de dónde es cada cosa, su origen, el entorno, cómo era todo antes y cómo es ahora... Es como mezclar en una clase la Historia, la Geografía, las Ciencias...».
Y deberemos añadir un pilar más. No lo dice Joseba, pero lo apunta un servidor. Para tener un iturri necesitabas un cómplice. Podía ser el dueño de un bar o un camarero. Pero de su generosidad dependía el número de ellos en nuestro bolsillo. En el caso de la 'Iturri bira' que montan en Barakaldo, el proveedor es Patxi del Bar Nuchelsa de Cruces. «Sacar con esmero y fino cuidado más de 500 chapas no es fácil. Sin él sería imposible hacer nuestras pruebas». Pues dicho queda.
Pero hay más. En cada nueva edición de este evento, añaden algo. Como este año. Que, tras conocer la situación de Josetxu Pedrosa, el gran paralímpico, le han homenajeado y se han puesto como objetivo ayudarle en todo lo posible. Al fin y al cabo, otras ediciones han participado aportando el dinero recaudado en causas tan aparentemente lejanas -pero muy cerca del corazón cuando las conoces- como posibilitar que 50 niños de Gambia puedan desayunar a lo largo de un año. Y como el juego cuando es compartido hace ruido, ya se han enterado por ahí de que existen unos locos en un lugar llamado Bizkaia que tienen un sueño que merece la pena.
«El proyecto ha supuesto abrirnos al mundo, a otras iniciativas a otras comunidades dentro y fuera de Euskadi y del extranjero, muestra de ello es el ultimo proyecto Etwinning que llevamos a cabo en colaboración con 9 países europeos». Lo dicho, la aventura de Joseba y compañía nos confirma el poder que puede tener una simple y humilde chapa. El viejo iturri de siempre. El que recibíamos de manos ajenas, transformábamos con las nuestras y compartíamos con las del resto. Al final daba igual que llevara cera o la cara de Iribar tras un cristal. Porque en su interior contenía otro ingrediente. Y se llama humanidad.